viernes, 16 de marzo de 2012

Granada y la fiesta de la primavera

Todo lo que el gobierno del PP en Granada ha hecho por la juventud de esta ciudad ha sido construir, por tres perras, un botellódromo. Frente a ese espacio inane Los Verdes en Granada hemos venido proponiendo, además de otras políticas, la concreción de un Auditorio Bioclimático Zaidín Jazz-Rock.

Ayer Granada fue noticia por el récord de de asistencia a la primera gran botellona primaveral. Año tras año todo sigue igual.

El análisis que presento a continuación lo publiqué el 21 de marzo del año pasado, haciéndolo coincidir con otra descomunal botellona granadina.


Fundamentos. No hay duda que el botellón es fruto de una pulsión lúdica. Quién no esté de acuerdo con esta afirmación y solo vea bulla y orines, habrá perdido la oportunidad de plantear soluciones cívicas, indispensablemente democráticas.

El juego, ya lo dijo Johan Huizinga en «Homo ludens», no es una exclusiva humana, juegan los animales, más cuanto más jóvenes. Como planteó el historiador holandés jugar estuvo en el origen de la cultura. El juego establece reglas y límites distintos de los que impone la vida ordinaria. El principal anhelo humano es la diversión. Di-versión significa la otra versión de la vida, asequible solo transgrediendo lo cotidiano, ilusionándose para olvidar la dura realidad. Porque, bien mirado, la búsqueda del alimento, del cobijo o del sexo es pura animalidad que, afortunadamente, hemos logrado investir de humanidad; y, de otro lado, la dedicación diaria al estudio, al indispensable trabajo o a la acumulación consumista es una autoimposición reflejo del canon social.

Divertirse festivamente es una actividad a la que la juventud es especialmente propensa y para la que está particularmente dotada. Además, Granada, por su potente universidad, dispone de una entrenada cantera para hacer germinar la semilla de la fiesta allá donde una sola gota la estimule. Tachar a la juventud que se divierte en la botellona de antisocial es echarlos a la cuneta de la vida organizada que queremos para ellos y ellas. No debemos olvidar que son nuestros hijos e hijas. Insisto, de todos, ¿o es que los veinticinco mil participantes en la fiesta de la primavera no tienen padres ni madres? Piensen lectores que su hijo o hija podrá estar en los botellones de la fiesta de la primavera, de la fiesta del Día de la Cruz o de cualquier otro que se organiza más o menos espontáneamente.

Referentes. Las concentraciones masivas para divertirse, donde el alcohol corre a raudales, no son ninguna novedad. La romería del Rocío inventó el rebujito, no se qué fina coctelería nos regalará en el futuro la de la Virgen de la Cabeza; ambas en contextos campestres. Las grandes fiestas de Andalucía, particularmente las ferias de Sevilla, de Jerez de la Frontera y de Málaga son concentraciones masivas, que duran días enteros, donde el alcohol es la sustancia psicotrópica más usada. En Granada el Día de la Cruz de Mayo siempre ha sido condimentado con la alegría narcótica de la música y la bebida, además de la sana consumición del bacalao y las habas. Fuera de Andalucía tendríamos muchos referentes pero creo que las fiestas de Pamplona, los Sanfermines, son una concentración paradigmática con atractivo internacional; magna botellona callejera que dura desde el chupinazo hasta el «pobre de mí».

Coadyuvantes. Introduzcamos ahora en el análisis algunas claves novedosas que hace tan solo unos años no se daban y que son producto de sociedades muy urbanizadas y tecnificadas. En un radio de setenta kilómetros desde el centro de Granada capital hay una población superior a los seiscientos cincuenta mil habitantes, muchos de ellos jóvenes con posibilidades de moverse más fácilmente que antes. El efecto llamada de la oferta de trasgresión lúdica alcanza a todo el área metropolitana, a los pueblos y provincias cercanas, y a las lejanas bien comunicadas, o con días festivos coincidentes, como Valencia. La mensajería móvil, el twiter y demás redes sociales, son herramientas de convocatoria potentísima que ellos y ellas usan como nadie; todo el mundo sabe donde está todo el mundo. El referente es la masa. El clima primaveral se ha dulcificado en el sur, pasar la noche en la calle es más apetecible sin frío y sin lluvia.

Contexto. Ante la fuerte demanda de diversión, la oferta lúdica juvenil es escasa, cara y, en muchos casos, hipócrita al no reconocer sus verdaderos gustos. Añadiendo a esto la mercantilización de todo lo festivo comprenderemos que los jóvenes tengan que montarse alternativas por su cuenta, huyendo de las tradiciones que les imponen quienes ostentan el poder político, económico, laboral, educativo o familiar. Mercantilismo, consumismo son abonos del individualismo, muchos ejemplos diarios de incivismo provienen precisamente de quienes debían ser referentes de comportamiento. Por consiguiente, los ingredientes están servidos. La Fiesta de la Primavera, olvidada por las instituciones que la propusieron, surge imparable y desordenada a iniciativa popular de los chavales y chavalas que esperan las vacaciones de Semana Santa. Después, el Día de la Cruz se convierte en una fiesta incontrolable, agresiva con la ciudad y sus habitantes. Preludio la primera de la apoteosis de borracheras y vomitonas de la segunda. La busqueda de la diversión juvenil se usa por los poderes para criminalizar a la juventud. Total: un sin sentido. Fácilmente esta situación intolerable hace que los políticos eludan la responsabilidad, que la tienen; y las voces populares reclamen prohibición y mano dura, con la razón de la superficialidad.

Carencias. La botellona es una excusa para el contacto y la diversión, tiene sus normas internas y su proceso, un ritual que debe conducir al contacto amistoso y la diversión. Si las instituciones que tienen los medios para intervenir no reconocen su orden interno, negando la mayor, no encontrarán la manera educada de actuar. Para que una fiesta sea, como tal, cultura ha de discurrir por cauces organizados y civilizados, ha de nacer con un sentido colectivo. Es aquí donde la botellona falla. Supone una gran concentración de grupúsculos que las más de las veces se relacionan entre ellos y las menos, aunque notorias, entran en el enfrentamiento abonado por la carga etílica. No hay un hilo conductor fuera de cada grupo, algo que indique, module y encauce hacia un objetivo de nivel superior. Las fiestas religiosas, como las romerías, procesiones o cultos comunitarios tienen el sentido del contacto con lo trascendente y la divinidad al que va dirigido todo el orden que impone su liturgia. Las fiestas laicas, como las ferias, los grandes partidos de fútbol u otras manifestaciones deportivas, los macroconciertos de música están, de igual modo, reglamentadas y dotadas de sentido. Bien sea éste disfrutar con el triunfo de nuestro equipo, con los amigos fuera de la rigidez habitual, la liberación mediante el baile y la audición del grupo de rock preferido, o favorecer los intercambios económicos.

Todo ritual social establece una procedimiento a la búsqueda de un sentido. Justamente es la ausencia de referentes externos lo que lleva del desorden, al sin sentido. Lo que le falta al día de la Cruz y al día de la primavera es, de un lado, nuevos referentes comunes que le den sentido y, de otro, una organización que sirva de dique de contención a la algarabía desenfrenada. Referentes que no pueden ser impuestos por los adultos bienpensantes, han de ser juveniles.

Reorientar. El botellón es una explosión pagana abandonada a su suerte por quienes tienen el deber de organizar y reglamentar. Es necesario reconducir la pulsión lúdica sin hipocresías, si ha de haber alcohol que lo halla. Las cruces eran cosa de vecinos. Expulsados y ausentes los jóvenes de la vecindad -en los barrios tradicionales ya casi no hay población joven-, se montan su tinglado al margen. Es necesario replantearse la fiesta en profundidad. Reconducir significa establecer un nuevo camino dentro de otros límites, no significa taponar, si no encauzar. Urge, pues el río puede desbordarse hasta la catástrofe. Y, desde luego, utilizar medidas represivas, coercitivas y policiales hablarían de nuestra incapacidad de interpretación, de nuestra incomunicación con los jóvenes y de nuestra impotencia.

Las obras de encauzamiento han de poseer la belleza de lo sutil y la aparente sencillez de lo complejo. 

Ordenar y ritualizar. En Granada las autoridades se han limitado a imponer restricciones incumplibles, en tanto han abandonado la potenciación de su ordenamiento ritual con la participación de toda la ciudadanía. Eliminar el día de la cruz no impedirá que continúe la juerga descontrolada. Multar por beber en la calle o por mear, de dudosa eficacia contra el trincado in fraganti, requerirá un policía detrás de cada cual. Pero sí hay muchas cosas que se pueden hacer con dinero público, que son muchísimo más baratas que horadar, hormigonar, macizar, enlosar y rotondear la ciudad, endureciéndola y deshumanizándola. Cosas que no se hacen. Ofrezcámosle a los jóvenes sus fiestas organizadas. Establezcamos los recintos que tienen capacidad de acogida para miles de personas. Programemos los días clave, el de la Cruz y el de la Primavera, actuaciones callejeras durante el día en todas y cada una de las plazas de Granada. Al atardecer y por la noche el pop, el rock, el rap, el hip hop y la música en general deben inundar a precios irrisorios el pabellón de deportes, la plaza de toros, y cuantos otros escenarios del área metropolitana estén dispuestos a participar. La diputación y la Junta también tienen mucho que hacer y que decir. Los recintos para espectáculos deportivos están adaptados para acoger multitudes; hoy ¿qué pueblo no dispone de campo de fútbol o de un teatro al aire libre? La desconcentración de la oferta festiva y la contemplación de espectáculos como cauce de diversión y contacto evitará la afluencia indiscriminada al centro de la ciudad y los barrios históricos. Ni prohibir ni limitar la bebida. Pasacalles que inviten a estar y participar. A mirar y contemplar. En los lugares donde se prevean altas concentraciones multiplicar por mil los puntos para echar la basura, las instalaciones sanitarias y los servicios. La percepción de espacios ordenados induce al comportamiento reglado. Y cobrar, cobrar por los envases, para incentivar su devolución en puntos de recogida (plásticos, latas, bolsas.)

¿Acaso creemos que a la juventud más preparada que jamás haya tenido este país le gusta hacer sus necesidades en la calle y tirar las basuras al suelo? Es necesario que la política asuma su responsabilidad, la represión conducirá, sin más, a otro punto débil por el que afluyan las ansias de alegría.